Lo mio no son sentimientos; son palabras.

Las palabras no hacen más que ocultar la realidad.

domingo, 17 de octubre de 2010

Pesadilla mental.

Otra discusión más; otra que añadir a la lista.
Eran interminables, la madre y el chico.
Bajaba sus ánimos, sus ganas de vivir, su autoestima.
Se acostumbró a ello, aun así le resultaba doloroso.
-¿Una familia normal?él no sabía cual era su significado.
Vivía enterrado en sus pensamientos, donde solo le acompaña sus temores, sus pesadillas.
Sus ideales aveces se tambaleaban por el echo de que ella le contradijese una y otra y otra vez, hasta quedar agotado.
Le llegaban tan adentro como cortes, como balas de pistolas.
Aveces se retorcía y no podía ni moverse al cabo de unos segundos por la presión.
Los insultos fueron cada vez a peor y no aguantaba más, explotaría algún día.
Algún día..
Su mundo solo era habitable para una persona; para su soledad.
Su sombra se oscurecía y cadecia de color hasta su cara.
Trasnochaba a causa de sus traumas.
Y otra gota que se sumaba al vaso medio lleno.
-Fracasado, inútil, imbécil, pesado, gilipollas, egoísta, frío, inmaduro, borde; acabarás solo- siempre recordándole eso.
Su cabeza era un total caos, donde el orden existió en una vida pasada pero que ya no se veía más que recuerdos penosos.
-¡¡¡Vamos pégame!!! si tanto me odias, ¡PÉGAME!-gritaba tembloroso.
Bofetada.
-Ojalá no hubieras nacido JAMÁS as echo de mi existencia lo peor-le reprochaba ella.
Él sentía tal impotencia que no se sostenía en pie, solo le bastaba con mirarla a la cara fijamente para sostenerse, para aguantar, para tener más orgullo.
Aunque sea un poco solamente.
No recordaba que le dijese alguna vez Te quiero o Muy bien.
Ni siquiera recordaba haber compartido mesa con ella para comer.
Ni haber intercambiado palabras que no sean de reproche, insultos.
Se contentaba tranquilizandose con la almohada, gritando hasta que apaciguaba la furia que tenia dentro.
El mounstro.
El sucumbía a sus maltratos, sin reparo alguno.
Otra gota más.
Decidió aguantar quizás por cobardía.
Aveces el baño era el mejor sitio para él.
El baño con el rincón, con huellas de lágrimas.
-¡¡ME CAGO EN LA PUTA!!!!!-gritaba ella por toda la casa en su busca.
En esos momentos era cuando se iba corriendo, pegaba un portazo y seguía corriendo por la calle.
Corriendo para tranquilizarse, ahogarse de pena.
Y aunque no podía, aunque no se sentía las piernas y el corazón le bombeaba con brusquedad; seguía.
Daba un pequeño rodeo por la manzada.
Se calmaba y volvía a su casa tras dos horas.
Y vuelta a empezar.
Y otra gota que se sumaba.
Pum.

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