Se levantó a las seis y cinco de la mañana.
Fue a la cocina y se vertió un té helado en su taza favorita con una gran nube celeste.
Nora se encontraba más sola que nunca, ni la compañía de su gato ni la suya propia le servía.
Minu seguía dormido plácidamente en su cesta de rallas verdes y rojas, soñando un sardinas quizás.
Se tumbó en el sofá que se había comprado en un mercado de segunda mano, y puso música de piano.
Le gustaba escucharla a las seis de la mañana cuando no podía dormir, junto con su té helado vertido en su taza.
Fuese invierno o verano.
No lo reconocía, pero hacia mucho tiempo que dejó de ser ella misma.La chica con ganas de comerse al mundo.
Parece ser que le entró una indigestión.
El mundo fue comiéndose poco a poco su vitalidad.
Con los ojos cerrados imaginaba estar en la arena de una playa, tumbada viendo las estrellas.
O en otro lugar, en cualquiera.
-Bah, mera fantasía-se repetía después de quince minutos.
Y siempre con un gesto de cansancio se levantaba y se dirigía al rincón.
Sus recuerdos eran cuchilladas en el vientre cada vez que los recordaba.
Eran penosos y lastimosos.
Ella no lloraba, no era de esas chicas que se quejaban y choriqueaban como tontas.
No era así.
Se tragaba cada una de sus lágrimas y las depositaba dentro, muy en el fondo.
Se apagaba poco a poco sin lamentarse.
Luchadora, aya por donde las haya.
Ese día se dirigió al rincón donde estaba fotos de él, de sus amigos, sus familiares, sus lugares favoritos.
La entristecía no poder estar de nuevo en esos sitios.
Lo perdió todo, todo, por el paso del tiempo.
Y solo le quedaban recuerdos.
Tiró la taza al suelo, rompiéndose en trozos cada vez más pequeños y derramando la bebida.
Luego,cogió todas las fotos y las empezó a mirar una tras otra.
Cada pequeño detalle que algún día lo pasó por alto.
Cada mancha, color, arruga, ropa, sombra..
Después de una hora se dispuso a ir hacia la cocina.
Abrió el primer cajón y vio una caja de tabaco.
Jamás fumó, pero lo tenia reservado para alguna ocasión especial.
Abrió aquella pequeña caja roja con la advertencia típica con letras negras y fondo blanco.
Depositó un cigarro entre sus dos dedos y lo encendió con una cerrilla.
Se ahogaba con ese sabor tan amargo, el humo le traspasaba los pulmones.
Pero le dio igual.
Terminó con dificultad el primer cigarrillo; cogió el siguiente.
Así hasta fumarse medio paquete uno tras otro.
Sin parar de observar las fotos.
No aguantaba ese sabor tan asqueroso, pero le resultaba reconfortante saber que por cada calada perdía un poco de vida.Aunque solo fuese un poco.
Acto seguido, cogió los cigarrillos restantes excepto uno y los tiró a la basura, escupiendo encima de ellos.
El último seguía encima de la encimera de mármol.
Lo encendió.
Y depositó las fotos encima del escaso fuego.
Hasta que se prendieron.
Fue a su cuarto e hizo la maleta.
Cogió a Minu y se fue del piso en llamas.